Cuando la estrategia de comunicación deja de ser opcional | MORA

Cuando la estrategia deja de ser opcional

Hay empresas que publican todos los días, tienen fotografías profesionales, producen videos, organizan reuniones para atender crisis, envían comunicados, participan en eventos y mantienen activos sus canales digitales. Y, sin embargo, cuando alguien pregunta qué quieren conseguir con todo ello, la respuesta suele ser una lista de acciones.

“Tenemos que publicar más.”

“Hay que mejorar las fotografías.”

“Necesitamos estar más presentes en redes.”

“Tenemos que hacer algo con nuestra reputación.”

“Hay que comunicar mejor internamente.”

El problema es que ninguna de esas respuestas constituye una estrategia.

Una empresa puede tener buenos productos, experiencia, capacidad operativa y una situación financiera saludable, y aun así estar perdiendo oportunidades porque sus públicos no entienden con claridad quién es, qué ofrece, por qué debería elegirla o qué diferencia existe entre ella y sus competidores.

Ahí es donde la estrategia de comunicación deja de ser opcional.

No porque toda empresa necesite hacer más comunicación. En muchos casos necesita exactamente lo contrario: comunicar menos, pero con mayor intención, coherencia y capacidad de producir resultados.

La pregunta que este artículo busca resolver es concreta: ¿en qué momento una empresa debe dejar de reaccionar ante las necesidades de comunicación y comenzar a gestionarlas estratégicamente?

Aquí la respuesta tiene una implicación directa sobre posicionamiento, generación de clientes, ventas y rentabilidad.

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Foto: Pexels.com

La comunicación ocurre aunque la empresa no la planee

Toda empresa comunica.

Lo hace cuando publica una fotografía, cuando responde una reseña, cuando un vendedor presenta una propuesta, cuando un colaborador habla con un cliente, cuando un director concede una entrevista o cuando un candidato recibe una respuesta durante un proceso de contratación.

También comunica cuando no responde.

Una página web desactualizada comunica. Una presentación comercial improvisada comunica. Un hotel que muestra fotografías inconsistentes comunica. Un restaurante que promete una experiencia sofisticada pero presenta una identidad visual descuidada comunica.

La ausencia de estrategia no elimina la comunicación. Lo único que elimina es la posibilidad de dirigirla.

Esta distinción es fundamental.

La comunicación empresarial no debería entenderse únicamente como una función del área de marketing. Atraviesa prácticamente toda la organización: comercial, marketing, recursos humanos, relaciones públicas, atención al cliente, dirección, comunicación interna e incluso la manera en que una empresa enfrenta un problema público.

Por eso, una estrategia de comunicación integral debe considerar el conjunto de mensajes y experiencias que construyen percepción.

El objetivo no es llenar canales.

Es conseguir que las personas correctas sepan aquello que la empresa necesita que sepan para tomar una decisión.

A veces será posicionarse.

En otras ocasiones, informar.

Puede ser convencer, generar confianza, diferenciarse o despertar deseo.

Y, en mercados donde el consumidor está expuesto diariamente a cientos de textos, videos, fotografías, anuncios y estímulos, esa claridad se vuelve un activo competitivo.

La estrategia de comunicación deja de ser opcional cuando aumenta la complejidad

En algunas empresas, la comunicación parece funcionar sin un documento estratégico formal.

El director conoce profundamente el negocio, tiene buen criterio, entiende a sus clientes y posee una intuición extraordinaria para decidir qué decir y cuándo decirlo.

Puede funcionar durante cierto tiempo.

Pero existe un problema: la estrategia que vive exclusivamente en la cabeza de una persona difícilmente puede escalar.

Cuando crece la organización aparecen nuevos canales, nuevos colaboradores, nuevos públicos, nuevos productos, nuevas ubicaciones y nuevas responsabilidades.

Lo que antes resolvía una persona mediante experiencia e intuición empieza a requerir coordinación.

Entonces aparecen las contradicciones.

Marketing comunica una cosa y ventas otra.

La publicidad promete una experiencia que la operación no reproduce.

Recursos humanos busca atraer determinado perfil mientras la comunicación externa proyecta una cultura diferente.

La dirección quiere construir una marca premium, pero las imágenes, textos y presentaciones comerciales transmiten improvisación.

No necesariamente existe falta de talento.

Existe falta de dirección común.

Y cuando diferentes áreas toman decisiones de comunicación de manera independiente, la empresa comienza a pagar un costo silencioso: la pérdida de coherencia.

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Foto: pexels.com

El error de confundir estrategia con actividad

Este es uno de los problemas más frecuentes que encontramos en la comunicación empresarial.

Se confunde estar ocupado con avanzar.

Una empresa publica diariamente y cree que tiene estrategia.

Hace una sesión de fotografías y cree que ya resolvió su comunicación visual.

Abre un comité de crisis cuando aparece un problema y considera que tiene comunicación de crisis.

Organiza una reunión mensual para revisar redes sociales y la llama estrategia.

Pero una acumulación de acciones no produce automáticamente una dirección.

Una estrategia responde preguntas mucho más incómodas:

  • ¿A quién necesitamos influir?
  • ¿Qué percepción queremos construir?
  • ¿Qué posición queremos ocupar?
  • ¿Qué debe entender nuestro mercado sobre nosotros?
  • ¿Qué objeciones necesitamos vencer?
  • ¿Qué comportamiento queremos provocar?
  • ¿Qué mensajes son prioritarios?
  • ¿Qué canales tienen sentido para nuestros públicos?
  • ¿Cómo sabremos si estamos avanzando?

Sin estas respuestas, publicar más puede convertirse simplemente en hacer más ruido alrededor de una empresa que todavía no ha decidido qué quiere decir.

Un ejemplo muy común

Imaginemos un hotel de la Riviera Maya que quiere incrementar su ocupación durante una temporada de menor demanda.

El equipo decide publicar cinco veces por semana.

  1. Se toman nuevas fotografías.
  2. Se producen algunos reels.
  3. Se contrata a una persona para responder comentarios.
  4. El director comercial pide que se publiquen promociones.
  5. El gerente de operaciones solicita que se comuniquen las mejoras recientes.
  6. El restaurante quiere promocionar su menú.
  7. El spa quiere visibilidad.

Todos tienen razones válidas.

El problema es que cada área está intentando utilizar los mismos canales para resolver necesidades diferentes.

Después de tres meses, el hotel tiene más contenido, pero no necesariamente una posición más clara.

La audiencia ha visto muchas publicaciones, pero no necesariamente entiende por qué debería elegir ese hotel frente a otros.

Eso no es una estrategia de comunicación.

Es una agenda de publicaciones sometida a las urgencias de la organización.

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Photo by Tara Winstead: pexels.com

El primer cambio estratégico: dejar de preguntar qué vamos a publicar

Una empresa orientada estratégicamente comienza con una pregunta diferente.

No pregunta:

“¿Qué vamos a publicar esta semana?”

Pregunta:

“¿Qué necesitamos conseguir durante este periodo y qué debe cambiar en la percepción o comportamiento de nuestros públicos para lograrlo?”

Ese cambio parece pequeño, pero transforma completamente la conversación.

Supongamos que el objetivo es generar más prospectos calificados para un desarrollo inmobiliario.

La comunicación ya no puede medirse únicamente por alcance o número de publicaciones.

Habrá que determinar qué atributos deben asociarse con el proyecto, qué dudas están frenando la decisión, qué información necesita el comprador, qué argumentos diferencian al desarrollo y qué contenidos ayudan a avanzar desde el interés hasta la conversación comercial.

La fotografía, el video, el diseño, las relaciones públicas, los contenidos digitales y la publicidad dejan de ser acciones independientes.

Se convierten en herramientas al servicio de una misma dirección.

Ese es uno de los grandes quiebres entre comunicación táctica y comunicación estratégica.

Una estrategia necesita objetivos, indicadores y periodos

Definir una estrategia no significa escribir un documento y archivarlo.

Una estrategia de comunicación debe tener objetivos concretos y un periodo de evaluación.

Puede tratarse de aumentar el reconocimiento de una marca en un mercado específico, generar prospectos, mejorar la percepción de valor, apoyar un proceso comercial, fortalecer la reputación o preparar el terreno para el lanzamiento de un producto.

Cada objetivo exige indicadores diferentes.

El error aparece cuando se utilizan las mismas métricas para todo.

Tener 20,000 reproducciones puede ser positivo para una campaña de reconocimiento, pero poco relevante si el objetivo era generar prospectos calificados.

Una publicación con pocos “me gusta” puede ser mucho más valiosa si consiguió que un comprador adecuado solicitara información.

Un artículo con tráfico moderado puede convertirse en un activo comercial si atrae visitas con intención de compra.

Por eso, los KPI deben estar subordinados al objetivo de negocio y no al revés.

La pregunta no debería ser “¿qué métricas podemos reportar?”, sino:

“¿Qué evidencia demostraría que la comunicación está contribuyendo al resultado que buscamos?”

La estrategia también implica saber qué no hacer

Una organización estratégicamente madura aprende a decir no.

  • No todo canal es necesario.
  • No toda tendencia merece ser aprovechada.
  • No toda noticia requiere una publicación.
  • No todas las fotografías deben utilizarse.
  • No todos los públicos necesitan el mismo mensaje.
  • No toda crisis requiere una reacción pública.
  • No todo contenido debe vender.

Esta capacidad de renuncia es particularmente importante porque los recursos de una empresa son limitados.

Tiempo, presupuesto, atención directiva, talento y capacidad de producción compiten entre sí.

Cuando no existe estrategia, esos recursos suelen distribuirse de acuerdo con la urgencia.

Cuando existe estrategia, se distribuyen de acuerdo con prioridades.

La estrategia no sirve solamente para decidir qué hacer. Sirve para decidir qué dejar de hacer.

Ese puede ser uno de sus beneficios económicos más importantes.

El segundo quiebre: la comunicación no corrige una propuesta de valor débil

También es importante poner un límite.

Una buena estrategia de comunicación no convierte mágicamente un mal producto en uno extraordinario.

Tampoco puede resolver por sí sola problemas estructurales de operación, servicio, precio o experiencia.

Lo que sí puede hacer es identificar dónde existe una desconexión entre lo que la empresa realmente ofrece y lo que el mercado percibe.

A veces el problema no es que el producto sea malo.

Es que su valor está mal explicado.

En otros casos, el producto sí necesita mejorar, pero la empresa está intentando compensar esa debilidad con exposición.

Publica más.

Invierte más.

Produce más contenido.

Hace más publicidad.

Y termina amplificando una propuesta que todavía necesita trabajo.

Por eso, una estrategia de comunicación seria comienza también por escuchar.

Entender al mercado.

Revisar competidores.

Analizar la propuesta de valor.

Observar los puntos de fricción comerciales.

Estudiar la percepción actual.

Solo después tiene sentido decidir qué debe comunicarse.

Marcas coherentes en un mercado incoherente | MORA. Cuando la estrategia de comunicación deja de ser opcional | MORA
Foto: Jorge Raya | MORA Comunicación . TULUM 2016

El seguimiento convierte una estrategia en un proceso vivo

Una estrategia no debería permanecer intacta durante meses solo porque fue aprobada en una reunión.

Los mercados cambian.

También los competidores reaccionan.

Los consumidores modifican sus hábitos.

Aparecen nuevas plataformas.

Un mensaje funciona mejor de lo esperado.

Otro no produce resultados.

Un producto cambia.

Una crisis altera la percepción.

Por eso, la estrategia necesita seguimiento.

Definir.

Ejecutar.

Medir.

Interpretar.

Ajustar.

Volver a ejecutar.

Ese ciclo es mucho más valioso que cualquier calendario de contenidos perfectamente diseñado.

La evaluación debe buscar patrones, no solamente números.

¿Por qué determinado mensaje generó mejores prospectos?

¿Por qué una campaña consiguió alcance pero no conversaciones comerciales?

¿Qué contenido está atrayendo personas que nunca se convertirán en clientes?

Asimismo, ¿qué objeciones siguen apareciendo?

¿Qué percepción estamos construyendo que quizá no coincide con la deseada?

La analítica deja de ser un reporte y se convierte en una herramienta para tomar decisiones.

El valor de un despacho externo no está en saber más de la empresa

Aquí aparece una decisión que muchas organizaciones consideran cuando la complejidad aumenta: incorporar a un despacho externo de consultoría.

No porque un externo necesariamente conozca mejor la empresa.

De hecho, inicialmente conoce mucho menos.

La ventaja está en otra parte: la distancia objetiva.

Quienes viven todos los días dentro de la operación desarrollan inevitablemente puntos ciegos.

Conocen cada problema, cada historia, cada urgencia y cada detalle. Eso es indispensable para operar, pero puede dificultar observar el sistema completo.

Un consultor externo puede hacer preguntas que internamente dejaron de hacerse.

Puede comparar lo que la empresa cree que comunica con lo que realmente está comunicando.

Puede ordenar conocimiento disperso.

Asimismo, puede detectar contradicciones entre áreas.

También puede identificar oportunidades que no son visibles desde la operación cotidiana.

Y, sobre todo, puede ayudar a convertir conocimiento acumulado en una dirección estratégica.

El verdadero valor de un buen despacho no consiste en llegar con respuestas prefabricadas.

Consiste en organizar el conocimiento que ya existe dentro de la empresa y utilizarlo estratégicamente.

Una buena consultoría acompaña, no sustituye a la empresa

El acompañamiento estratégico tampoco significa entregar el control de la comunicación a un tercero.

La empresa debe conservar el conocimiento del negocio, las decisiones y la responsabilidad sobre sus objetivos.

El despacho aporta metodología, experiencia, perspectiva y capacidad de análisis.

Idealmente, acompaña cuatro momentos:

Desarrollo: entender el negocio, definir objetivos, públicos, posicionamiento y prioridades.

Ejecución: convertir la estrategia en mensajes, contenidos, herramientas y acciones coordinadas.

Evaluación: revisar KPI, resultados, percepción y comportamiento.

Modificación: ajustar aquello que no está funcionando y reforzar lo que sí produce resultados.

Ese ciclo permite que la comunicación deje de ser una serie de iniciativas aisladas y se convierta en un proceso de gestión.

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Photo by Alena Darmel: pexels.com/

La estrategia deja de ser opcional cuando la improvisación empieza a costar dinero

Tal vez esta sea la conclusión más importante.

Una empresa no necesita esperar a estar en crisis para profesionalizar su comunicación.

Tampoco necesita alcanzar cierto tamaño.

La estrategia se vuelve necesaria cuando el costo de comunicar sin dirección empieza a ser mayor que el esfuerzo de organizar la comunicación.

Ese costo puede aparecer como oportunidades comerciales perdidas, percepción de bajo valor, dificultad para diferenciarse, campañas que no convierten, contenidos que consumen recursos sin producir resultados, mensajes contradictorios o una marca que tarda demasiado en ocupar el lugar que merece.

En mercados competitivos como la Riviera Maya, donde hoteles, desarrollos inmobiliarios, restaurantes y empresas de servicios compiten constantemente por atención, confianza y preferencia, la improvisación tiene un precio.

Y ese precio no siempre aparece en el estado de resultados con una línea que diga “mala comunicación”.

Aparece en todo aquello que la empresa pudo haber conseguido y no consiguió.

Por eso, la estrategia de comunicación deja de ser opcional mucho antes de que una empresa tenga un problema evidente.

Cuando existe un objetivo de negocio que requiere modificar percepciones, generar confianza, diferenciarse, atraer clientes o defender una posición de mercado, la comunicación necesita dirección.

No se trata de comunicar más.

Se trata de saber qué decir, a quién, para qué, cuándo, cómo medirlo y qué hacer con lo aprendido.

En MORA Comunicación y Mercadotecnia entendemos la comunicación desde esa perspectiva: como una herramienta estratégica vinculada con posicionamiento, generación de oportunidades, ventas y rentabilidad.

Si hoy su empresa está publicando, produciendo, promocionando y reaccionando, pero no tiene claridad sobre cómo todas esas acciones contribuyen a un objetivo común, quizá el siguiente paso no sea hacer más.

Quizá sea detenerse, revisar el horizonte y construir una estrategia.

Un diagnóstico estratégico puede revelar dónde se están perdiendo oportunidades, qué mensajes necesitan mayor claridad, qué esfuerzos están dispersos y qué prioridades deberían orientar la comunicación durante el siguiente periodo.

La pregunta ya no es si su empresa comunica.

La pregunta es si su comunicación está trabajando estratégicamente a favor de su negocio.


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